Milagro de Sanidad de Margaret Bieser (2015)
Margaret Bieser se echó a llorar mientras ella y su esposo regresaban de la consulta del médico hacia su casa. Se sentía agradecida por todas las formas en que Dios le había proveído, pero aun así se sentía decepcionada.
Margaret sufría neuralgia del trigémino, conocida como enfermedad suicida debido al dramático aumento del dolor a lo largo del tiempo. Había encontrado recientemente un cirujano que había desarrollado una operación quirúrgica que podría aliviarle el dolor. Pero esperaba sinceramente que Dios la sanase milagrosamente en lugar de a través de la cirugía. Un día, después de misa, su pastor le sugirió que le pidiera al vicario parroquial, el Padre Chárbel Jamhoury, que la bendijera con la reliquia y la ungiera con el aceite sagrado de San Chárbel. Margaret había sido bendecida anteriormente con la reliquia, pero no sabía nada acerca del monje libanés santo y no ocurrió nada. Más tarde averiguó más acerca de sus milagros de sanidad y tenía fe de que iba a poder sanarse a través de la intercesión de San Chárbel. |
Margaret Bieser y su esposo
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El día después de ser ungida no experimentó ningún dolor. Y tampoco le dolió un día después. Así que fue otra vez al médico y le explicó lo que le había sucedido, y él le comunicó que ella había sido realmente sanada. Casi seis años más tarde, ella sigue sin tener dolor.
Testimonio
Siempre he sido católica. Fui católica ferviente durante toda la escuela primaria. En la escuela secundaria empecé a apartarme. Cuando fui a una universidad católica, una amiga me dijo: “¿Por qué sigues yendo a confesarte?” Yo la miré y respondí: “¿Sabes?, tienes razón”. Así que dejé de ir. Y eso fue el principio.
Conocí a mi esposo a los 29 años. Él también era católico pero no era practicante. Cuando me pidió que me casara con él y decidimos contraer matrimonio, le sugerí que lo hiciéramos por lo civil y él dijo: “No, los dos somos católicos y nos tenemos que casar en la Iglesia católica”. Y yo respondí: “En ese caso, ambos debemos ir a confesarnos y hacer las cosas bien hechas”. Lo hicimos y para ambos había pasado bastante tiempo desde nuestra última confesión, y empezamos a ir a la iglesia como pareja, aunque era de forma intermitente. Cuando nacieron nuestros hijos, decidimos que teníamos que volver a ir a misa y confesarnos con regularidad.
No fue hasta el año 1983, cuando nos mudamos a Houston, que en aquella ciudad percibí que Dios me estaba llamando.
Muchas otras experiencias en su vida la llevaron a forjar una relación más profunda con Dios. Ella era católica devota cuando le diagnosticaron una enfermedad irreversible.
Mi experiencia comenzó en medio de la noche del 13 de noviembre de 2014, cuando me despertaron intensos y penetrantes dolores en la parte inferior de la mandíbula y la mejilla derecha. Los ataques de dolor continuaron durante la madrugada hasta la mañana. Ya que yo era maestra del segundo año de la escuela primaria, llamé para pedir una sustituta y después hice una cita con mi médico de familia. Me diagnosticaron neuralgia del trigémino.
El médico probó con varios medicamentos, pero yo no recibía el alivio que necesitaba. Al continuar el dolor, hubo veces en que tuve que tomarme una pausa durante la enseñanza y mis alumnos sabían que era el momento de rogar a Nuestra Señora para pedirle ayuda. Al disminuir el dolor pude proseguir dando la lección.
Al llegar el verano de 2015, el dolor había empeorado. Un sábado por la mañana, mientras mi esposo y yo asistíamos a misa en nuestra parroquia de Santa Inés en Baton Rouge, sufrí un episodio de dolor increíble. Un médico otorrino que observó el episodio se acercó a mi esposo y a mí después de misa para ofrecer asistencia. Le explicamos acerca de mi enfermedad y él recomendó que tomara un anticonvulsivo. Sabiendo que el dolor probablemente aumentaría con el paso del tiempo, me advirtió que no tomara más de 600 mg al día, ya que un exceso puede ser tóxico para el hígado.
Comencé a ir a un neurólogo en Baton Rouge, quien probó distintos medicamentos, pero el anticonvulsivo era el más eficaz. Yo tomaba entonces 600 mg del medicamento al día.
Al continuar aumentando el dolor y la dosis del medicamento, el neurólogo sugirió que me buscara un cirujano ya que él no conocía a nadie en Baton Rouge ni en ninguna otra parte que pudiera realizar alguna operación quirúrgica que me aliviara el problema. Les hice saber a todos que necesitaba un cirujano. Una de mis amigas guerreras de oración me llamó para contarme que recordaba haber rezado por una feligresa de otra parroquia que tenía la misma enfermedad cuatro años atrás a quien le habían operado exitosamente. Me puse en contacto con ella y me dio el nombre de su cirujano en Houston y toda la información que iba a necesitar para proceder. Con esta llamada telefónica comencé a ver más claramente que Dios estaba caminando conmigo a través de este proceso.
Comencé un nuevo año escolar en agosto de 2015. No había llamado aún al cirujano de Houston porque esperaba que mi salud iba a mejorar a través de las oraciones de los niños, sus papás e incluso sus abuelos, y que tal vez incluso se produciría un milagro.
Al continuar el año escolar, el dolor siguió aumentando y lo mismo pasó con la medicina. Al llegar enero, ya estaba tomando 1200 mg del medicamento, el doble de lo que se consideraba seguro. Mi neurólogo me lo puso así: “¿A qué espera? ¡Programe la operación!”
Fui a la misa de sanidad en mi parroquia, Santa Inés, en diciembre, pensando: “Estoy realmente enferma. Voy a tener que operarme”. Yo no sabía nada acerca de San Chárbel. Tan solo me acerqué al raíl del altar para que me bendijeran con la reliquia y dije, “Muy bien, San Chárbel, haz lo que sueles hacer”. Pero yo no sabía nada acerca de él y no ocurrió nada.
Más tarde, fui a una misa del primer sábado y el Padre Hill había dado la misa de aquel día. Y después de la misa, le dije que iba a reunirme con el cirujano. Él respondió: “Margaret, deja que te unjamos”. Y yo le dije: “Ya me han ungido dos veces”. Y él replicó: “No, vamos a ponerte la unción. Pero antes de que te unja, ¿cuándo fue la última vez que te confesaste?” Y yo le respondí: “Fui hace una semana”. Y él me preguntó: “Pues, ¿por qué no lo vuelves a hacer?”
Así que él me ungió y escuchó mi confesión y después de que lo hiciéramos, me miró y me dijo: “Margaret, quiero que recibas la bendición de la reliquia de San Chárbel y el aceite sagrado del Padre Chárbel antes de tu operación”. Desde la misa en diciembre, el Padre Chárbel había colocado algún cartel en la cafetería acerca de las sanidades milagrosas de San Chárbel con fotos y comencé a leerlo y mi fe comenzó a aumentar acerca de lo poderoso que era este santo. Así que comencé a conocerlo.
Fui a Houston y seguí rogando que el Señor me sanara de algún modo, de alguna forma.
Muchos alumnos y papás y abuelitos estaban pidiendo por mí y yo tenía a mucha gente de la iglesia que rezaba por mí. Me reuní con el cirujano quien me dijo: “Bueno, programemos su operación para el 18 de febrero”.
Así que íbamos en el trayecto de regreso en el automóvil y rompí a llorar. Mi esposo preguntó: “Por qué lloras?”, y yo le respondí: “Es que yo realmente creía que Jesús me iba a curar sin la operación”. Y él me dijo: “Bueno, pero tienes a un médico para que te cure”. Y yo le repliqué: “Sí, ya lo sé. Pero es que yo no quiero que me operen del cerebro. No quiero que me corten y me abran un agujero en la parte de detrás del cráneo y que vuelvan a cerrarlo con tornillos”.
Cuando regresé, fui a confesarme, y por la gracia de Dios el Padre Chárbel estaba de sacerdote confesor esa mañana. Pero cuando vi que no era el Padre Hill, le pedí que me bendijera con la reliquia después de la misa. Él me dijo: “Sí, ven a verme en la sacristía”.
Así que me bendijo con la reliquia y el aceite sagrado. Le pregunté si podía arrodillarme en el piso y sostener la tarjeta de oración y me dijo que sí. Recé de todo corazón por mi milagro. Le pedí que por favor obtuviera el milagro de sanidad antes de que yo regresara a Houston y me hiciera saber que había recibido un milagro para que yo pudiera llamar y cancelar la operación. Entonces proseguí con otra opción: si no había milagro antes de que yo viajase pero más bien se iba a producir un milagro para ayudar al cirujano a tener fe en Dios, pues que así fuera. Pero dije que realmente prefería mi primera petición. Entonces seguí rezando y pedí que si no iba a haber sanación milagrosa, que por favor me acompañara a través del proceso de la cirugía y recuperación.
Después de esta oración, el Padre Chárbel y yo fuimos a la cafetería donde los voluntarios preparan el desayuno todos los sábados para aquellos que asisten a la misa de por la mañana. En la cafetería yo sentí ningún deseo de comer, sino un fuerte deseo de continuar mi oración con San Chárbel. Coloqué una silla delante de algunos carteles de San Chárbel que testificaban sobre los milagros de sanidad que San Chárbel había hecho años atrás. Decidí releer cada uno de ellos, rezando a San Chárbel mientras leía.
El día siguiente no tuve ningún dolor en todo el día. Esa tarde, mi esposo preparó una enorme cena: chuletas de cerdo y ensalada. Yo no podía comer ensalada, todo tenía que estar hecho un puré porque me dolía cualquier movimiento de la mandíbula. Algunas veces me dolía tan solo con abrir un poco la boca. (Aquella tarde), me comí todo lo que había en el plato y sin machacar nada. Mi esposo me miró y preguntó: “¿Has tenido un milagro?” Levanté la mano y le dije: “No hables de eso. No te hagas falsas ilusiones. Pero no me ha dolido en todo el día. Tendremos que esperar y ver lo que va a ocurrir”.
Pues, la siguiente tarde, sucedió lo mismo. Preparó una gran cena y otra vez, nada. Yo tenía cita para el jueves con el médico, el neurólogo. Sabía que Dios me estaba dirigiendo. En aquel tiempo, al mirar en línea, a esa enfermedad la denominaban enfermedad suicida, porque los médicos no sabían qué hacer con ella. El dolor solo aumenta más y más. (La operación quirúrgica) no era una curación. Se implantan unas almohadillas de teflón entre las arterias que tocan los nervios. Eso es lo que había desarrollado este neurocirujano. Después de aquella llamada telefónica (con la feligresa a la que habían operado), entendí que Dios me daba esperanza tras esperanza.
Antes de acudir a la cita, fui a misa. Durante la consagración del pan y el vino, le dije a Jesús que creía que había recibido un milagros pero no podía cancelar la operación basándome en lo que yo creía. Necesitaba saber lo que Él quería. Rogué a Jesús que le diera a mi neurólogo las palabras que él deseaba que yo oyese para así saber qué hacer. Fui a mi cita del médico y le compartí lo que había experimentado desde la bendición de San Chárbel. El médico escuchó atentamente cuando le conté acerca de mi bendición con la reliquia y cómo me había dejado de doler y entonces exclamó: “¡Ha tenido un milagro! ¡Llame y cancele su operación!” Yo estaba eufórica con sus palabras. Él me dijo que asistía a misa todos los domingos y que creía en los milagros.
Cuando llamé al Padre Chárbel para darle las buenas noticias me pidió un informe del médico que verificara el milagro para que lo pudieran registrar. Mi esposo y yo viajamos al Líbano en julio de 2016 para darle gracias a San Chárbel y para registrar el milagro en el monasterio de San Marón, donde vivió San Chárbel y donde está enterrado. El mío fue el 120º milagro registrado en tan solo ese año.
El viaje al Líbano fue gracia pura: me conmovió profundamente el corazón. El monasterio estaba lleno de paz. Uno podría quedarse allí por siempre.
Margaret cree que el milagro les dio a los miembros de su familia más fe en Dios. También cree que su milagro es señal del gran amor de Dios hacia San Chárbel.
El Papa Juan Pablo hablaba acerca de cómo nuestra iglesia respiraba con solo un pulmón. Yo había rogado a todos los santos que conocía en la Iglesia occidental. No sabía nada acerca de los santos de la Iglesia oriental. Cuando recibí este milagro de San Chárbel, sentí como si Dios dijera: “Ves, otra parte que ni siquiera conoces”. Pero tenemos que conocerlo todo, hay mucho que aprender. Yo había rezado a San Padre Pío, porque le tengo devoción a San Padre Pío. Los santos han sido maravillosos, yo les pedí a todos mis santos habituales. A Santa Teresa: sin respuesta. No fue hasta llegar a San Chárbel, y él estaba muy callado. No fue como si (le hubiera oído decir): “Yo me encargo de esto”. Simplemente fue que desapareció todo el dolor. Al igual que durante su vida, él permaneció muy callado.
Testimonio
Siempre he sido católica. Fui católica ferviente durante toda la escuela primaria. En la escuela secundaria empecé a apartarme. Cuando fui a una universidad católica, una amiga me dijo: “¿Por qué sigues yendo a confesarte?” Yo la miré y respondí: “¿Sabes?, tienes razón”. Así que dejé de ir. Y eso fue el principio.
Conocí a mi esposo a los 29 años. Él también era católico pero no era practicante. Cuando me pidió que me casara con él y decidimos contraer matrimonio, le sugerí que lo hiciéramos por lo civil y él dijo: “No, los dos somos católicos y nos tenemos que casar en la Iglesia católica”. Y yo respondí: “En ese caso, ambos debemos ir a confesarnos y hacer las cosas bien hechas”. Lo hicimos y para ambos había pasado bastante tiempo desde nuestra última confesión, y empezamos a ir a la iglesia como pareja, aunque era de forma intermitente. Cuando nacieron nuestros hijos, decidimos que teníamos que volver a ir a misa y confesarnos con regularidad.
No fue hasta el año 1983, cuando nos mudamos a Houston, que en aquella ciudad percibí que Dios me estaba llamando.
Muchas otras experiencias en su vida la llevaron a forjar una relación más profunda con Dios. Ella era católica devota cuando le diagnosticaron una enfermedad irreversible.
Mi experiencia comenzó en medio de la noche del 13 de noviembre de 2014, cuando me despertaron intensos y penetrantes dolores en la parte inferior de la mandíbula y la mejilla derecha. Los ataques de dolor continuaron durante la madrugada hasta la mañana. Ya que yo era maestra del segundo año de la escuela primaria, llamé para pedir una sustituta y después hice una cita con mi médico de familia. Me diagnosticaron neuralgia del trigémino.
El médico probó con varios medicamentos, pero yo no recibía el alivio que necesitaba. Al continuar el dolor, hubo veces en que tuve que tomarme una pausa durante la enseñanza y mis alumnos sabían que era el momento de rogar a Nuestra Señora para pedirle ayuda. Al disminuir el dolor pude proseguir dando la lección.
Al llegar el verano de 2015, el dolor había empeorado. Un sábado por la mañana, mientras mi esposo y yo asistíamos a misa en nuestra parroquia de Santa Inés en Baton Rouge, sufrí un episodio de dolor increíble. Un médico otorrino que observó el episodio se acercó a mi esposo y a mí después de misa para ofrecer asistencia. Le explicamos acerca de mi enfermedad y él recomendó que tomara un anticonvulsivo. Sabiendo que el dolor probablemente aumentaría con el paso del tiempo, me advirtió que no tomara más de 600 mg al día, ya que un exceso puede ser tóxico para el hígado.
Comencé a ir a un neurólogo en Baton Rouge, quien probó distintos medicamentos, pero el anticonvulsivo era el más eficaz. Yo tomaba entonces 600 mg del medicamento al día.
Al continuar aumentando el dolor y la dosis del medicamento, el neurólogo sugirió que me buscara un cirujano ya que él no conocía a nadie en Baton Rouge ni en ninguna otra parte que pudiera realizar alguna operación quirúrgica que me aliviara el problema. Les hice saber a todos que necesitaba un cirujano. Una de mis amigas guerreras de oración me llamó para contarme que recordaba haber rezado por una feligresa de otra parroquia que tenía la misma enfermedad cuatro años atrás a quien le habían operado exitosamente. Me puse en contacto con ella y me dio el nombre de su cirujano en Houston y toda la información que iba a necesitar para proceder. Con esta llamada telefónica comencé a ver más claramente que Dios estaba caminando conmigo a través de este proceso.
Comencé un nuevo año escolar en agosto de 2015. No había llamado aún al cirujano de Houston porque esperaba que mi salud iba a mejorar a través de las oraciones de los niños, sus papás e incluso sus abuelos, y que tal vez incluso se produciría un milagro.
Al continuar el año escolar, el dolor siguió aumentando y lo mismo pasó con la medicina. Al llegar enero, ya estaba tomando 1200 mg del medicamento, el doble de lo que se consideraba seguro. Mi neurólogo me lo puso así: “¿A qué espera? ¡Programe la operación!”
Fui a la misa de sanidad en mi parroquia, Santa Inés, en diciembre, pensando: “Estoy realmente enferma. Voy a tener que operarme”. Yo no sabía nada acerca de San Chárbel. Tan solo me acerqué al raíl del altar para que me bendijeran con la reliquia y dije, “Muy bien, San Chárbel, haz lo que sueles hacer”. Pero yo no sabía nada acerca de él y no ocurrió nada.
Más tarde, fui a una misa del primer sábado y el Padre Hill había dado la misa de aquel día. Y después de la misa, le dije que iba a reunirme con el cirujano. Él respondió: “Margaret, deja que te unjamos”. Y yo le dije: “Ya me han ungido dos veces”. Y él replicó: “No, vamos a ponerte la unción. Pero antes de que te unja, ¿cuándo fue la última vez que te confesaste?” Y yo le respondí: “Fui hace una semana”. Y él me preguntó: “Pues, ¿por qué no lo vuelves a hacer?”
Así que él me ungió y escuchó mi confesión y después de que lo hiciéramos, me miró y me dijo: “Margaret, quiero que recibas la bendición de la reliquia de San Chárbel y el aceite sagrado del Padre Chárbel antes de tu operación”. Desde la misa en diciembre, el Padre Chárbel había colocado algún cartel en la cafetería acerca de las sanidades milagrosas de San Chárbel con fotos y comencé a leerlo y mi fe comenzó a aumentar acerca de lo poderoso que era este santo. Así que comencé a conocerlo.
Fui a Houston y seguí rogando que el Señor me sanara de algún modo, de alguna forma.
Muchos alumnos y papás y abuelitos estaban pidiendo por mí y yo tenía a mucha gente de la iglesia que rezaba por mí. Me reuní con el cirujano quien me dijo: “Bueno, programemos su operación para el 18 de febrero”.
Así que íbamos en el trayecto de regreso en el automóvil y rompí a llorar. Mi esposo preguntó: “Por qué lloras?”, y yo le respondí: “Es que yo realmente creía que Jesús me iba a curar sin la operación”. Y él me dijo: “Bueno, pero tienes a un médico para que te cure”. Y yo le repliqué: “Sí, ya lo sé. Pero es que yo no quiero que me operen del cerebro. No quiero que me corten y me abran un agujero en la parte de detrás del cráneo y que vuelvan a cerrarlo con tornillos”.
Cuando regresé, fui a confesarme, y por la gracia de Dios el Padre Chárbel estaba de sacerdote confesor esa mañana. Pero cuando vi que no era el Padre Hill, le pedí que me bendijera con la reliquia después de la misa. Él me dijo: “Sí, ven a verme en la sacristía”.
Así que me bendijo con la reliquia y el aceite sagrado. Le pregunté si podía arrodillarme en el piso y sostener la tarjeta de oración y me dijo que sí. Recé de todo corazón por mi milagro. Le pedí que por favor obtuviera el milagro de sanidad antes de que yo regresara a Houston y me hiciera saber que había recibido un milagro para que yo pudiera llamar y cancelar la operación. Entonces proseguí con otra opción: si no había milagro antes de que yo viajase pero más bien se iba a producir un milagro para ayudar al cirujano a tener fe en Dios, pues que así fuera. Pero dije que realmente prefería mi primera petición. Entonces seguí rezando y pedí que si no iba a haber sanación milagrosa, que por favor me acompañara a través del proceso de la cirugía y recuperación.
Después de esta oración, el Padre Chárbel y yo fuimos a la cafetería donde los voluntarios preparan el desayuno todos los sábados para aquellos que asisten a la misa de por la mañana. En la cafetería yo sentí ningún deseo de comer, sino un fuerte deseo de continuar mi oración con San Chárbel. Coloqué una silla delante de algunos carteles de San Chárbel que testificaban sobre los milagros de sanidad que San Chárbel había hecho años atrás. Decidí releer cada uno de ellos, rezando a San Chárbel mientras leía.
El día siguiente no tuve ningún dolor en todo el día. Esa tarde, mi esposo preparó una enorme cena: chuletas de cerdo y ensalada. Yo no podía comer ensalada, todo tenía que estar hecho un puré porque me dolía cualquier movimiento de la mandíbula. Algunas veces me dolía tan solo con abrir un poco la boca. (Aquella tarde), me comí todo lo que había en el plato y sin machacar nada. Mi esposo me miró y preguntó: “¿Has tenido un milagro?” Levanté la mano y le dije: “No hables de eso. No te hagas falsas ilusiones. Pero no me ha dolido en todo el día. Tendremos que esperar y ver lo que va a ocurrir”.
Pues, la siguiente tarde, sucedió lo mismo. Preparó una gran cena y otra vez, nada. Yo tenía cita para el jueves con el médico, el neurólogo. Sabía que Dios me estaba dirigiendo. En aquel tiempo, al mirar en línea, a esa enfermedad la denominaban enfermedad suicida, porque los médicos no sabían qué hacer con ella. El dolor solo aumenta más y más. (La operación quirúrgica) no era una curación. Se implantan unas almohadillas de teflón entre las arterias que tocan los nervios. Eso es lo que había desarrollado este neurocirujano. Después de aquella llamada telefónica (con la feligresa a la que habían operado), entendí que Dios me daba esperanza tras esperanza.
Antes de acudir a la cita, fui a misa. Durante la consagración del pan y el vino, le dije a Jesús que creía que había recibido un milagros pero no podía cancelar la operación basándome en lo que yo creía. Necesitaba saber lo que Él quería. Rogué a Jesús que le diera a mi neurólogo las palabras que él deseaba que yo oyese para así saber qué hacer. Fui a mi cita del médico y le compartí lo que había experimentado desde la bendición de San Chárbel. El médico escuchó atentamente cuando le conté acerca de mi bendición con la reliquia y cómo me había dejado de doler y entonces exclamó: “¡Ha tenido un milagro! ¡Llame y cancele su operación!” Yo estaba eufórica con sus palabras. Él me dijo que asistía a misa todos los domingos y que creía en los milagros.
Cuando llamé al Padre Chárbel para darle las buenas noticias me pidió un informe del médico que verificara el milagro para que lo pudieran registrar. Mi esposo y yo viajamos al Líbano en julio de 2016 para darle gracias a San Chárbel y para registrar el milagro en el monasterio de San Marón, donde vivió San Chárbel y donde está enterrado. El mío fue el 120º milagro registrado en tan solo ese año.
El viaje al Líbano fue gracia pura: me conmovió profundamente el corazón. El monasterio estaba lleno de paz. Uno podría quedarse allí por siempre.
Margaret cree que el milagro les dio a los miembros de su familia más fe en Dios. También cree que su milagro es señal del gran amor de Dios hacia San Chárbel.
El Papa Juan Pablo hablaba acerca de cómo nuestra iglesia respiraba con solo un pulmón. Yo había rogado a todos los santos que conocía en la Iglesia occidental. No sabía nada acerca de los santos de la Iglesia oriental. Cuando recibí este milagro de San Chárbel, sentí como si Dios dijera: “Ves, otra parte que ni siquiera conoces”. Pero tenemos que conocerlo todo, hay mucho que aprender. Yo había rezado a San Padre Pío, porque le tengo devoción a San Padre Pío. Los santos han sido maravillosos, yo les pedí a todos mis santos habituales. A Santa Teresa: sin respuesta. No fue hasta llegar a San Chárbel, y él estaba muy callado. No fue como si (le hubiera oído decir): “Yo me encargo de esto”. Simplemente fue que desapareció todo el dolor. Al igual que durante su vida, él permaneció muy callado.