La Familia de San Charbel
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El Espíritu Santo – 2ª Parte

Padre Dawood Kawkabany (fallecido)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
 
Continuemos nuestra conversación sobre el Espíritu Santo. Volvamos al pasado para contemplar a Jesús en el momento de entregar el Espíritu a su Padre en la Cruz, como si le dijera: "Te devuelvo todo lo que me has dado como testimonio de que soy tu Hijo".

Al mismo tiempo, Jesús nos dio la gracia con este mismo Espíritu que recibió del Padre y luego regresó a Él. San Juan dice que el Espíritu desciende sobre nosotros cuando Jesús es glorificado y la gloria de Jesús es la Cruz.

Hoy comienzo con esta idea para presentarles el pasaje sobre Pentecostés. Luego, establezco la relación del concepto de Iglesia con el Espíritu y con el Hijo. (Nuestra conversación de hoy es teológica, al nivel de Dios, y esto puede inquietar a algunas personas.) Pero Jesús puede calmar la tormenta. Si no creamos tormentas dentro de nosotros, ¿qué calmará Jesús? Dejemos que Él calme nuestras tormentas.
 
Al leer el pasaje de Pentecostés, notamos algo a la vez sencillo y profundo. El texto dice que los discípulos estaban en el Cenáculo con las puertas cerradas por temor a los judíos. La palabra "temor" es muy importante aquí. Esto sucedió en el 50º día, es decir, el día en que los judíos conmemoran la entrega de la Ley a Moisés. Sin embargo, los cristianos celebran la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia y en la Iglesia. Según los cristianos y los Hechos de los Apóstoles, la venida del Espíritu Santo es el comienzo de una nueva alianza o de algo nuevo. Por ejemplo, incluso profetas como Ezequiel o Jeremías compararon la Ley escrita en tablas de piedra con otra Ley escrita en corazones de carne. Hablan de un Espíritu que inscribe en nuestros corazones el conocimiento de Dios, que nadie necesita enseñar ni aprender.
 
Ahora pueden preguntarse acerca de mi trabajo aquí con ustedes, ya que todos hemos recibido el Espíritu y ya no necesitamos un maestro y en eso tienen razón. Si la enseñanza que han recibido de la Iglesia y que yo trato de comunicarles no resuena en su mente, eso se debe a una de dos cosas: a que no han recibido el Espíritu Santo o a que yo digo una mentira. Al final de esta conversación, ustedes vendrán a mí y me dirán que así es exactamente como vivimos en realidad o como deseamos vivir: con el Espíritu que les enseña a ustedes y sin necesidad de que yo lo haga. Quien no tiene el Espíritu del Señor no puede reconocerlo y ustedes han pasado años esforzándose por aprender que Jesús es el Señor.
 
Uno puede profesar que Jesús es el Señor "con el Espíritu Santo" y no "con la enseñanza de la Iglesia". Presten atención a este importante punto porque deseo comunicarles esto. En Pentecostés, los discípulos estaban en el Cenáculo con las puertas cerradas por temor a los judíos. "Y de repente vino del Cielo un estruendo como de un fuerte viento y llenó toda la casa donde estaban". Esto significa que el Espíritu Santo llenó todo el lugar donde estaban, lo que significa que todo ese sitio se llenó del Espíritu Santo.

El segundo punto se refiere a la venida del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego que se dividieron y se posaron sobre cada uno de los discípulos. El Espíritu Santo no obra sobre "grandes cantidades". Usted no es un número, sino una persona única. El Espíritu que llenó toda aquella casa es el mismo Espíritu que habita en usted porque usted es importante. El Espíritu Santo no solo llenó toda la casa, sino también todo el universo. El Espíritu descendió sobre nosotros como una corriente de agua y prueba de ello es que, a pesar de la variedad de idiomas, hay mutuo entendimiento.
 
Después de las palabras de San Pedro, tres mil personas se unieron al camino de Jesucristo y "se dedicaron a reunirse en el recinto del templo y a compartir el pan en sus hogares". Lo más importante es cómo recibieron la fe estas personas y cómo llegaron a profesar que Jesús es el Señor. Todo esto sucedió a través del Espíritu Santo. Fue enviado a los discípulos para que anunciaran la Buena Nueva y a fin de que quienes la reciban se conviertan a su vez en evangelizadores. Esta transformación es bidimensional porque cuando le preguntaron a San Pedro qué tenían que hacer, su respuesta se refirió a dos dimensiones: primero, deben arrepentirse y, luego, deben ser bautizados en nombre del Señor Jesús.

¿Qué significa "arrepentirse"? Sencillamente significa "volver a la mentalidad original que Dios nos ha dado al crearnos". Volver a la mentalidad de quien "caminaba por el huerto con Dios al fresco del día" y abandonar la mentalidad de quien quería garantizar la salvación al observar la Ley, es decir, de forma autónoma y autosuficiente. Volver a la mentalidad del ser creado a imagen de Dios. Volver al ser que siempre mira a Dios para examinar si la "imagen" que tiene de Él se ha distorsionado o no. Esto es lo que significa "arrepentirse".
 
"Y ser bautizado en nombre del Señor Jesús". ¿Qué significa eso? Significa "dejarse guiar por el Espíritu de Jesús, así como Jesús fue guiado por el Espíritu del Padre que es un solo Espíritu, y sumergirse con Él en la muerte para poder ser elevado con Él en la Resurrección". “Ser bautizado en nombre del Señor Jesús" significa "seguir a Jesús por el camino por el cual el Espíritu lo llevó a la Cruz y a la Resurrección". Eso significa "ser bautizado". No se queden en la superficie ni digan que la muerte es un castigo; más bien conviértanla en inmersión. La muerte no es solo la muerte biológica, sino también todo acto de renuncia, privación o separación. La muerte se convierte en esta inmersión con el hombre que sufre y muere hasta el final, pero esta vez con la convicción de que, por el poder del Espíritu Santo, nuestra fidelidad nos llevará a una relación irreversible con Dios. Es importante centrarse en esto, principalmente en la inmersión con Cristo por el poder del Espíritu Santo. Siempre tenemos que recordar que, en todo momento, somos evangelizados y evangelizadores. El hecho de que nos hayamos convertido en evangelizadores no significa que ya no necesitemos ser evangelizados. Esto es de suma importancia.

Jesucristo siempre tomó tiempo para absorber el amor del Padre y regocijarse en ser amado por Él. Su retiro a la montaña no es para consultar al Padre, sino para ser fortalecido por el amor del Padre. Siempre necesito descubrir el amor para poder reflejarlo hacia los demás. Vayamos aún más lejos y volvamos al tema de hablar en lenguas. Es lamentable que, hoy en día, debido a la tendencia de "hablar en lenguas" mencionada por el Padre Emilien Tardif (que en paz descanse) y practicada por nuestros hermanos y hermanas de la comunidad carismática, ya no veamos sino una faceta de la práctica mencionada por San Pablo.
 
Este fenómeno sobrenatural nos ha distraído del hecho de que, en Pentecostés, a pesar de hablar en lenguas, cada uno entendía según su propio idioma. Esta es la diferencia entre la alabanza en lenguas sin entender lo que se dice y Pentecostés, donde cada uno entendió según su idioma. Con respecto a lo primero dijo San Pablo que, si no hay traductor disponible, ¿cuál es el beneficio de las lenguas? Hablar en lenguas no es un don privado, sino un don destinado a todos nosotros. Se expresa a través de actos de amor que trascienden el amor natural del ser humano, es decir, la compasión, la ternura y el afecto, incluido el amor paternal. Se traslada al perdón, al amor al enemigo y al altruismo.
Cuando se ve a la Madre Teresa abrazar y besar a un leproso, independientemente de que uno hable mandarín, japonés, alemán, francés, árabe o cualquier otro idioma, entiende lo que pasa porque la Madre Teresa habla el lenguaje del Espíritu. En este punto se piensa en una de dos cosas: esta mujer es santa o está trastornada: santa porque logró algo sobrehumano o trastornada porque la sabiduría humana no puede captar su comportamiento. Una vez les conté la historia del joven que exclamó: "Diga lo que quiera de mí, pero vine aquí para expresarle mi amor. ¡Evite que lo ame, si puede!". Esta es también la lengua del Espíritu, que lleva a la gente a decir como en Pentecostés: "Aquí sucede algo extraño". Algunos dijeron que los discípulos estaban ebrios, lo que significa que estaban trastornados. Porque cuando uno va más allá de sus capacidades humanas, que son valiosas en sí mismas, el mundo lo acusará de simplicidad, lo que significa que considerará que uno es una persona trastornada que no piensa con claridad ni asigna la debida importancia a las cosas.
 
No olvidemos que, en la Primera Carta a los Corintios, San Pablo habla de la sabiduría humana y divina, y que en los capítulos 11, 12 y 13 habla del Espíritu y sus dones y presenta el maravilloso Himno del Amor. Al llevar el amor al límite y vivir el amor demostrado por Jesucristo, estaremos hablando un idioma que todos entienden, pero que no todos aceptan. Lo llamarán a uno ebrio o santo. No hay una tercera opción. Porque si solo dicen que uno es una gran persona, eso significa que todavía no es suficientemente santo. Lo llamarán santo o trastornado. No deberían llamarlo héroe porque muchos héroes no son santos. Acabemos por completo con la conexión entre heroísmo y santidad: uno mismo logra el heroísmo, pero el Espíritu es quien logra la santidad de un ser humano. Puede que uno sea un héroe, pero tal vez no pueda convertirse en santo. Un santo es un santo, ya sea aceptado o no.
 
En un momento dado, Jesús se convirtió en uno de nosotros; ¡y qué cosa tan especial que Dios, a quien ni siquiera podemos imaginar, se haya convertido en uno de nosotros! El hecho de convertirnos en personas especiales con una marca de distinción para hacernos testigos es obra del Espíritu. La gente puede decir: "Qué increíble lo que le pasó a esta persona". Pero es real. Puedo pensar que "deseo o quiero llegar a ser como esa persona". Por ejemplo, cuando el Islam viste a las mujeres con velos para impedir que seduzcan a los hombres, y ve en el cristianismo, que se enorgullece de la libertad, un concepto contrario a los preceptos establecidos, el Islam también ve adulterio y obscenidad.
 
Entonces, ¿dónde está nuestra marca de distinción? Son muchas las preguntas que el Espíritu Santo nos plantea hoy. Si vestimos a las mujeres con velos, no resolvemos el problema. Deberíamos aspirar a un mundo en que una mujer no use velo y un hombre pueda interactuar libremente con ella sin que ninguno de ellos considere al otro como objeto. Las mujeres pueden estar cubiertas con velo de una u otra forma; sin embargo, los hombres aún pueden controlarlas y esclavizarlas, incluso si ellos mismos no ven esta situación en esos términos. Pero estos hombres no son los únicos responsables de esto. Cuando para los musulmanes nuestra libertad parece ser un caos previo a la creación, confirmamos involuntariamente su concepto erróneo de nosotros. Como en la Carta a los Gálatas, aquí digo que si se nos dio el Espíritu no fue para usar nuestra libertad con fines de gratificación de los deseos de la carne. No me refiero aquí solo a los deseos sexuales, sino también al deseo de dinero, poder, etc.
 
Un último punto: lo que sucedió en Pentecostés es más extraordinario que el estado en que se encontraba la humanidad antes la Torre de Babel. Todos conocemos la historia de Babel y de esa Torre construida para que la humanidad pudiera llegar a Dios y cómo, al final, Dios descendió y confundió su idioma. En Pentecostés no se construyó una torre ni nada por el estilo; por el contrario, los discípulos tenían miedo y la puerta estaba cerrada. Pero el Espíritu vino y permitió que se entendieran unos a otros; sin embargo, no unificó su idioma. Esto es más espectacular porque preserva la singularidad de cada persona. Si dos de nosotros hablamos francés, no sería difícil entendernos. Pero si usted habla francés y yo árabe y aun así podemos entendernos, ¡eso sería magnífico!
 
Lo que Dios logró en Pentecostés es más grandioso que el estado de la humanidad antes de Babel. Por lo tanto, el Espíritu no nos elimina; por el contrario, nos salvaguarda y nos confiere dignidad tal como somos. Él nos hace dignos porque clama a través de nosotros: "Abba, Padre". Esto nos lleva aún más lejos porque el Espíritu no solo confiere dignidad a quienes están en el Cenáculo, sino también a quienes están fuera de ese lugar y no se deben pasar por alto. 

Cristianos del Líbano, ¡cuidado! El Espíritu no los sacó del Cenáculo solo para que construyeran su propio Cenáculo en el Líbano y cerraran las puertas, ni para que construyeran otro Cenáculo en otra tierra por temor a la coexistencia. Esto no está permitido. No hay que temer al otro, a quien habla otra lengua, ni a quien no puede aceptar que recemos "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Al mirar de cerca, veremos que el Espíritu Santo tiene la última palabra.
 
¿Qué temen? ¿Creen que alguien es más fuerte que el Espíritu Santo y por eso le temen? Lo peor que puede pasar es que nos crucifiquen como a Jesús, pero más que eso, que también resucitemos como Él. Se puede decir que hablar es fácil. Esto puede ser cierto, pero al final, esa es la fe. Podemos emigrar a los Estados Unidos de América o a Europa para tener más comodidad y acumular más riquezas pero, al final, habremos huido, cerrado la puerta y, por miedo, descuidado al Espíritu que nos sacó del Cenáculo.

 Amén.                
 
 
Artículo original en árabe
La familia de San Chárbel
Conversación educativa con el Padre Dawood Kawkabany.
Iglesia de San Chárbel, Adonis.
La Familia de San Chárbel en los EE. UU.
9340 Braymore Circle, Fairfax Station, VA 22039
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